Curando las heridas

Escribiendo el primer borrador de este artículo me di cuenta que el tema de la solidaridad es complejo, que no se puede tratar a la ligera y que tenía que llenarme de más argumentos que el solo hecho de querer mostrar la gentileza de las personas o de las instituciones.

Ha pasado más de una semana desde que sucedió el terremoto en la costa ecuatoriana, movimiento telúrico de gran magnitud que mostró el poder de la naturaleza sobre la materia: edificaciones destruidas, economía desactivada, pero sobre todo vidas humanas extinguidas y vidas humanas que buscan razones para seguir luchando, encontrando motivos para vivir ante el desastre.

Y no es para más, no sería difícil cuestionarse las cosas que tenemos alrededor hasta llegar a cuestionar a Dios, buscando motivos para no decaer, para seguir creyendo, para encontrar la respuesta, aún cuando está cerca.

Hemos encontrado muestras de aliento en el patriotismo, enarbolando la bandera de una región o del país. La verdad ayuda mucho, por ejemplo, los manabitas tienen en sus venas un espíritu emprendedor y lo veo en varios amigos de esa parte del país, metiéndole ganas y sabor a la vida y esta vez no será la excepción. Y los ecuatorianos estamos motivados a ayudar con un impulso casi instintivo, identificándonos: el dolor de ellos es el dolor de todos como nación.

Pero también buscamos aliento en nuestras familias, en nuestros hijos, en que tenemos que mostrarles el camino, que podemos levantarnos, que se puede seguir, que un tropezón no es caída, y sobre todo, la vida es digna de vivirla.

Y es digna de ser vivida porque nos damos cuenta que no todo es rosa, que hay problemas y grandes retos que nos permiten sacar lo mejor de nosotros ante la adversidad; y en el camino, darnos cuenta que tenemos virtudes que permiten hacer el bien a las personas que nos rodean y al entorno.

Es de esta manera, viviendo la vida dignamente donde podemos ser solidarios, el patriotismo tendrá sentido si tratamos a las personas como “otro yo”; que el aliento que buscamos para seguir adelante está en nosotros, viviendo con dignidad con los demás; tratando de ser justos, de respetar a las  personas y respetar a la naturaleza. Y así, sin darnos cuenta, será más llevadero nuestro duelo, menos doloroso el levantarnos de las cenizas, reconstruyendo con esperanza, hasta que llegue un momento en que, sin olvidarnos del pasado, curaremos las heridas con Amor.

José, el padre de todos

Cuando reflexiono en este santo, me quedo un momento en silencio y pienso en todo lo “extraordinario” que hizo, al final todos deberíamos imitarlo y ser reflejo un poco de él. Es San José, un santo muy especial, y que lo tenía un poco olvidado entre tanto problema, hasta que mi hermano del alma Hernán, me dijo “acuérdate de San José”, este hecho me emocionó porque me recordó cuando le hable del padre de Jesús.

La verdad no sé que pensarán mis hermanos cristianos evangélicos cuando piensan en el padre terrenal de nuestro Dios, no sé si reflexionen sobre los momentos que vivió, como por ejemplo, la decisión de aceptar a María, de criar a un hijo que no es de él, pero que lo es todo para él, el Amor se da a él, y él contesta en base al Amor.

Me explico mejor, seguro quería tener hijos, pero aceptar a un hijo que no es de él posiblemente fue “duro”, si en la actualidad hay gente que le cuesta asimilar esa realidad, hace 2000 años era algo inconcebible, por eso lo señalan como varón justo. Es aquí donde veo su accionar, su humanidad, y eso incluye la manera de pensar, ¿habrá tenido dilemas? Seguro, pero todo se encamino porque creía, tenía fe y al que mira ciegamente, le es recompensado, por eso el premio para el fue el Amor.

María, madre de Dios, seguro fue con él una mujer abnegada; imagínense a José en Belén y tener que velar por su familia, duro verdad, conseguir un lugar para que de a luz la mujer que ama y saber que no puedes darle más que un pesebre, indudablemente fue un poco frustrante, pero María, a mi parecer, lo ve con ojos sencillos y cargados de comprensión, porque en ese momento se daba cuenta del esfuerzo de su marido.

Aquí veo una cosa que no veía hasta escribir esto, María hizo de José un gran hombre, tan grande que hasta creo que es un santo con perfil bajo, pero que fue y es fundamental para todas las iglesias que se denominan cristianas, todas.

Una de las virtudes que San José tenía es la de ser un buen marido, respetar a la mujer que decidió amar, y ese respeto es prueba de que el Amor estaba con él, y nacía de ahí para tratar a María, con esfuerzo, cariño y detalles.

Aquí un secreto, yo le pedía a San José ser como él, que interceda por mí, con el tiempo fui olvidándome de su existencia, dejando de recordar sus virtudes hasta el día de ayer.

Como padre, hizo las cosas aún mejor, y si en las anteriores líneas lo hizo excelente, como padre no alcanzaría las palabras para describir la bondadosa dedicación, guiar al verbo encarnado, que es verdadero Dios y verdadero hombre.

Me imagino la responsabilidad de explicar a su hijo porqué vuelven de Egipto, dejando a los amigos con los que jugaba o compartía, no habrá sido fácil, pero dentro de su sencillez encontró las palabras para consolar y dar amor a Jesús. O saber que tenía que atenderlo aún siendo un bebe, seguro iba con el rostro sereno y hasta feliz.

Acá viene el segundo secreto, yo también atendía muy feliz a mi hijo, de bebe, porque lo amo y creo que me sale natural este sentimiento; imagínate a José quien se llenaba de Amor para criar al Amor.

Me imagino que le habrá dado un beso a Jesús en algún raspón para curarlo, o enseñarle a usar las herramientas, el oficio de ser carpintero y el valor del trabajo honesto. A hacer muebles que le servían a los demás, que el trabajo duro que realice en el taller sería para el bien de otra persona, porque esa otra persona le daría uso, enseñándole de manera terrenal a dar y darse.

Que grande que es José entre los más pequeños; no digo que hay que adorarlo, no es Dios, pero seguro que Dios aprendió de él, ¿por qué nosotros no podemos aprender también de San José? A ser un buen marido, un buen padre, un buen hombre… que no sea tarde.